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Fue el 26 de abril de 1336
cuando Petrarca escalaba el Monte Ventoux. Por pura curiosidad
inició el camino cuando en los tiempos medievales
la curiositas era todavía pecado. La autognosis contenía
la posibilidad de hacer perder el camino divino y Petrarca
fue entonces avisado por el peligro de acercarse demasiado
al cielo - como genius loci.
El desarrollo de la autonomía
del sujeto duró casi 400 años hasta que eclosionó
como programa de la emancipación. Petrarca sin embargo
ya lo había demostrado antes anticipando una importante
paradoja del mundo moderno. Su experiencia fue una intensa
introspección que elevaba su auto-conciencia al tiempo
que le llevaba a aceptar el riesgo existente de su proyecto.
La superación de los límites
forma parte del programa de la cultura moderna. No sólo
desde Petrarca nos confrontamos con unos alpinismos delimitados
que son percibidos hoy en día como turismo de ski.
El entusiasmo por la tecnología al principio del
siglo XX que en una glorificación guió al
futurismo, llama también la atención por la
superación de los límites del cuerpo humano.
"¿Quién puede hacer algo mejor que este
propulsor?" dice apasionado Duchamp a Brancusi y Leger
con motivo de una feria de aviones en 1914. Los riesgos
estaban siendo anunciandos el mismo año en el que
comenzaba la primera guerra mundial y las masas, entusiasmadas
y axialmente delimitadas, se dirigian a la frontera.
Sin delimitación no hay evolución
en la sociedad moderna. Esta conclusión, que permite
también a los sociólogos afirmar que "la
sociedad moderna tiene que ser una sociedad de riesgo"
(Ulrich Beck), nos conduce a que la guerra puede ser la
forma de delimitación más apasionada que ha
evolucionado en nuestra cultura y al mismo tiempo la más
arriesgada.
Sin embargo esta solución ofrece
además la posibilidad de distribuir el riesgo y desarrollar
alternativas menos peligrosas pero que mantienen e incluso
producen igualmente nuevas evoluciones. Esta tarea poco
clara y al mismo tiempo significativa también la
tiene el término cultura. Las paradojas no se diluyen,
sino que se diferencian en múltiples. Por eso no
es sorprendente que hablemos hoy en día de una cultura
escolar, de estudiantes o de niños, de una cultura
económica, cinemática, o de una cultura gay
o proletaria. Debido a la constante auto referencialidad
de la cultura humana ponemos en juego importantes fuerzas
sugestivas que nos permiten hablar sobre el sujeto
"Lo que vemos nos observa",
dice el crítico de arte Didi Huberman.- Nuestra percepción,
una de las constantes de nuestra conciencia, funciona como
un espejo quebrado reflejando el entorno. Las heridas que
nos dejan las rupturas no se pueden curar con formas de
identificación típicas. Nunca se cierran.
Así, necesitamos del juego de la autosugestión
para orientarnos, para sobrevivir. Cada forma de la identidad,
cada identificación no es otra cosa que "el
milagroso efecto del discurso" (Sigmund Freud).
No nos sorprende por tanto, que desde
los años 60, las drogas sean conocidas por su capacidad
para posibilitar una ampliación de la conciencia
al igual que ocurre con la circulación de dinero
como medio de comunicación completamente (de-)territorializado.
Ambos artefactos son posibilidades aceptadas en ciertas
delimitaciones culturales. Ambos ofrecen emociones sorprendentes,
amplían el espectro de posibilidades y producen nuevas
(des-)orientaciones - a pesar de todas las críticas
del capitalismo o de las terapias anti-drogas.
Todo esto puede parecer fantasmagórico
al espectador sobrio. Rompe con un sensu comunis, que todavía
contiene una base estable de valores morales y que reconoce
ciertos objetivos en cada biografía (como el cristianismo,
el marxismo). En una sociedad reflexiva, que es como tiene
que entenderse una sociedad moderna y plural, tenemos que
despedirnos de perspectivas éticas unívocas.
Lo que tiene valor hoy, ya mañana encuentra otro
genius loci. El trip paradisíaco hoy, mañana
es de horror.
Sólo se puede crecer en este milieu
como individuo, cuando uno se ve a sí mismo observandose.
Una autosugestión obvia que puede resultar vergonzosa,
pero que básicamente se entiende como una reacción
comprensible a las paradojas de nuestro mundo simbólico.
Ulrich Schötker
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